Cómo no acordarme de aquel día. Estábamos con el chichú creo, buscando la manera de ganarnos alguna moneda. Es que, cuando en la casa no hay plata que sobre para, de vez en cuando comprar algún chicle Ploc, esos brasileros con gusto riquisimamente artificial o algún paquetito de pastillas trineo, había que usar la imaginación. Se nos había ocurrido el cine. El lugar físico lo teníamos, una pequeña habitación en el fondo de lo Javier, quien sería socio en partes iguales. Una tela blanca de pantalla y mi imaginación extremadamente sobrevalorada. Era la época de las diapositivas y las más famosas eran unas didácticas que se llamaban el pez de plata. El proyector sería casero. Una caja de zapatos con un agujero, una linterna, un cartoncito que ayudaría a moverlas para que fueran proyectándose de a una. La cantidad de diapositivas no alcanzaba a las 10. Por eso yo me dedique a fabricar unas con papel celofán que si bien tenían todas las ganas del mundo no dejaban de ser siluetas de animales de distintos colores, a decir verdad un mamarracho. A eso le sumamos que la función no duraría más de 5 minutos Y decidimos cancelar la idea cinematográfica. Entonces se nos ocurrió algo que considerabamos fácil de hacer y vender, un álbum y figuritas. Cómo estaban de moda y resultaba bastante sencillo dibujarlos hicimos el álbum de Titanes en El ring. Con hojas de cuaderno quedó una preciosidad. Álbum con el dibujo de la momia y el caballero Rojo. Adentro rectángulos para 30 figuritas y las figuritas de cartón con los personajes que nos quedaron bastante bien. Los sobres tenían dos figuritas y podían tener un vale por algún premio a saber, una goma,un lápiz, algún autito que ya nos tenía aburridos. A 2 pesos el sobre fuimos a nuestro potencial y seguro cliente. Era hijo de un almacenero recién llegado al barrio, entre el chichu y yo lo convencimos de que tener ese álbum era lo.mejor de lo mejor, que en los sobres salían premios y que era de regalo solo tenía que comprar las figuritas. Le encantó la idea y fue nuestro único y fiel cliente. Gracias a los pesos que nos daba íbamos al almacén del padre a comprar alguna golosina. La fábrica de figuritas funcionaba a full. Porsupuesto que la gracia era hacer repetidas para que demorara en llenar el álbum y estirar el negocio. Así estuvimos como un mes. La que le faltaba y que no habíamos dibujado era la de Martin karadagian. Es que era difícil dibujarla y siempre en nuestro control de calidad la tirabamos para atrás. Pero ahora el cliente se había comenzado a aburrir. Sabíamos que el negocio estaba acercándose a su fin. Hasta que llegó el día que en el sobre estaba el dibujo de un Martin bastante maltrecho pero que le servía para llenar el álbum. Que alegría la de ese muchacho. La felicidad por conseguir la figurita superó nuestro asombro. Y allá salimos con chichú, con esa duda de haber carameleado de lo lindo por la ingenuidad del amigo. Se nos fue la mano me parece, dijo el socio. Pero lo hicimos feliz por un mes le respondí. Y al tranquito lento nos fuimos, compartiendo las últimas galletitas ganadas con nuestro negocio.

